entrega diciembre

sábado, 18 de diciembre de 2010



Empecé trabajando sobre cómo el individuo adaptaba los factores externos a su conveniencia para la creación de espacios, a partir de los recorridos que realizaba.


Una vez definidos los recorridos, se pasa a la configuración de estancias. Sin embargo, me di cuenta de que para definir como tal el espacio era necesario darle cualidades a las estancias.

Para la creación del espacio me fijé en las emociones que sufre en cada momento el usuario, las cuales son la base del modelo y al ser más o menos intensas permiten una mayor continuidad o discontinuidad espacial, así como una permeabilidad distinta.

Luego seguí trabajando en otros factores como la envolvente y la luz, que son determinantes para seguir definiendo el espacio.

La envolvente se adapta de distinta forma al espacio que da lugar según sus características, mientras que la luz se va modificando según la mayor o menor apertura de dicho espacio. De esta forma podemos distinguir entre espacios con mayor potencial acumulativo de luz (espacios más cerrados e impermeables) y espacios con mayor liberación de luz y por tanto con una mayor energía cinética (espacios más abiertos y permeables).

Seguidamente, me di cuenta de que estos tres factores (luz, envolvente y emoción) influyen directamente en la generación de actividades en los espacios, de forma que distinguimos unos más privados o más públicos en función de la adaptación de los factores anteriores, que se ordenan de distinta forma para propiciar un determinado programa funcional.

Finalmente, he estudiado cómo a partir de unos puntos que generan actividad podemos establecer una serie de recorridos que al unirlos crean unos polígonos que nos indican la menor o mayor densidad de utilización del espacio, resultando con mayor densidad espacios dedicados a actividades sociales y con menor, espacios destinados a actividades más privadas.

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